sábado, 30 de junio de 2012
Elaine K.
Imagínense la escena: una muchacha de pie frente a una escuela de danza, en una tarde calurosa de verano, sujetando silenciosa una bolsa de lona que contiene su vestido de bodas doblado cuidadosamente. Llena de esperanzas, feliz, aguardando la aparición de un Mercury azul, pretendiendo no darse cuenta de que la luz del día cambiaba de color en el cielo, tratando de no caer en el pánico, diciéndose a sí misma lo mucho que la quiere, "me ama, yo sé que me ama", y por último, recurriendo en silencio a las oraciones, aquellos rezos que si se oyeran en voz alta nos harían llorar: Por favor, Dios, haz que venga y nunca volveré a pedirte nada; por favor Dios mío no dejes que suceda esto. Y cuando la luna aparece con toda claridad en el oscuro cielo nocturno, cuando las campanas de la torre de la iglesia de San Antonio suenan doce veces, anunciándole al corazón de ella que lleva seis horas esperando, y se le doblan las rodillas, y permanece sentada en la orilla de la acera sollozando, entonces sabemos que no volverá a ver el Mercury azul, o los ojos azules, o el tatuaje azul. Entonces sabemos que algo dentro de ella se ha roto y ha quedado sin reparación posible.
-Te recogeré en el frente, como siempre, seis en punto, enfrente de Lala Palevsky. A las seis en punto, corazón. Ahí estaré.
¿Por qué me dejaría Will? ¿Por qué huiría de mí?
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