miércoles, 21 de diciembre de 2011

Lívia Correia Ribeiro. Grande.


"Hay tres nombres que busco en la lista de nombres del chat. Me toca recogerlo por lo menos dos veces, nombre tras nombre, hasta encontrar allí los tres. Y solía haber otro que ni siquiera perdía el tiempo en buscarlo, porque mis ojos lo leían involuntariamente. Pero eso ya no pasa. No sé hasta cuando no pasará algo así. Todo lo que hay es alguien en quien me da miedo confiar. Yo me quejé de lo que echo de menos ahora. Me quejé del tiempo perdido, de las discusiones. Lloré por todos esos insultos y por cada frase terminada por un punto. La lluvia me daba miedo y pasaba casi todas las canciones de mi móvil. Para no recordar a quien me hacía sentir viva. El dolor de antes equivale al día a día de hoy. Al vacío. Y todo se oculta, exactamente igual que antes. Lo que pasa es que ahora ya no hay recompensa. Ya no hay canciones de Damien Rice con doble sentido ni tablones con frases raras. Ya no hay sus pies nerviosos golpeando el suelo, tampoco hay su sonrisa bonita, ni sus bromas de esas, solo suyas. No hay paseos bajo la lluvia ni tampoco existe Lívia. Porque estoy desapareciendo desde que ya no está. Nada es mejor ahora. Todo es peor que antes. Y hay lugares dentro de mí que solo tú puedes entender. ¿Cómo puedo echarte tanto de menos?"
Ella, capaz de escribir cosas tan bonitas como ésta, capaz de aguantarme cuando más tonta y pesada estoy, la que me dice que soy guapísima cuando me siento horrible, la que me dice las verdades aunque duelan, mi dosis de realidad. Ella, la que es tan protectora como necesitada de protección (dudo que esta frase tenga sentido).
La quiero, porque sé que siempre estará ahí.
Porque despierta mi más profunda admiración cada vez que leo algo suyo.
Porque con su metro sesenta y algo es grande. Lívia es enorme.
(Se me olvidaba decir que eres un unicornio retrasado, qué gran fallo.)

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